Visita a los productores de las regiones de Usulután y Morazán

El silencio reina en las colinas de las regiones de Morazán y Usulután. Un sol abrasador incendia la tierra quemada de las regiones orientales de El Salvador. Los torbellinos de viento se arremolinan sobre los campos estériles. Se sobrevive entre rocas, polvo y sudor. La tierra se agrieta. Estresada como aquellos que tratan en vano de trabajarla. Manos sucias, consumidas por la fatiga. No hay agua.

La Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo, junto con el Programa Mundial de Alimentos, se ha comprometido a resolver la situación en estas zonas mediante el proyecto “Asociatividad, Resistencia y Mercados”, que finalizó hace unos meses.

Trabajar en el campo para resolver los efectos del cambio climático significa ayudar a reducir la inseguridad alimentaria y nutricional de muchas comunidades vulnerables. Este es el principal objetivo de la intervención. Al final del proyecto, se notan muchos cambios dentro de la comunidad.

Niña Morena, de la Comunidad 14 de julio, vive en la región de Usulután y forma parte de un grupo de productores que trabajan en la agricultura orgánica y los fertilizantes. El proyecto le ha ayudado a ella, y a la comunidad a la que pertenece, a limitar la inseguridad alimentaria. Dentro de esta comunidad, se han tomado medidas para promover la actividad comercial y la comercialización de productos.

A Niña Morena se le proporcionó una incubadora de huevos y a cada familia de su comunidad se le donaron algunos animales de granja, principalmente aves de corral. Además, se instalaron paneles solares para el riego y se construyeron túneles agrícolas durante el proyecto.

Don Cristino, un productor agrícola de 64 años, está orgulloso del cambio que ha experimentado de primera mano: “Solía sembrar maíz, frijoles y maicillo sólo en mayo, y últimamente, debido a la falta de lluvia, empezamos a sembrar en junio y cosechamos el primer corte en octubre y el segundo en noviembre. La idea de seguir trabajando es para el bien de nuestras familias y nuestras comunidades, porque antes no teníamos estas oportunidades y beneficios”.​

La sequía de los últimos años ha puesto a prueba los cultivos y para sobrevivir durante la estación seca, los agricultores han empezado a cultivar hortalizas, principalmente chiles verdes. Por esta razón, se requirió la construcción de un invernadero y se decidió optar por el método hidropónico, que es un tipo de cultivo fuera de la tierra que favorece el control de la producción, tanto desde el punto de vista de la calidad como de la higiene.

Unos meses después del fin de las iniciativas, la situación en general parece haber mejorado mucho: los productores han diversificado sus cultivos y establecidos contactos de venta con el mercado local y algunos supermercados.

Doña Dinora forma parte de la asociación Mujeres con Esperanza (ACREMUES): “somos una cooperativa de 23 mujeres, nos encargamos de la producción de hamacas y de la tienda comunitaria”.

Después de los cursos de capacitación, estas mujeres han adquirido las habilidades para mejorar su trabajo y han comprendido la importancia de poder vender el producto. Hoy por fin se les paga un precio justo. La formación les ha hecho críticos y conscientes, tanto desde el punto de vista técnico como comercial. De hecho, además de estandarizar la producción de hamacas, estas mujeres han aprendido la importancia de promocionar su producto: “Ahora somos capaces de conocer de antemano la materia prima que necesitamos, hemos empezado a cuidar el embalaje y nos hemos abierto al mercado online, también a través del uso de los medios sociales”.

La pequeña tienda dirigida por las mujeres en cuestión adquiere diversos significados y cambia la identidad adaptándose a las necesidades de la comunidad. De hecho, además de ser un espacio de venta de productos artesanales, permite el acceso a las necesidades básicas y, transformándose durante el fin de semana ​en un espacio para compartir e intercambiar. La multitud de facetas que adquiere y el carácter agregado del lugar lo convierten en el núcleo de la comunidad.

A pesar de las dificultades que tuvieron que afrontar estos grupos de productores, hoy, cuando la segunda fase del proyecto terminó hace unos meses, podemos ver la satisfacción en sus ojos. Después de la fatiga y el sudor, los primeros resultados y las primeras satisfacciones han llegado. El compromiso y el estudio han servido para enfrentar los desafíos que surgen cada día en su camino.

 

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